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Ausencia de pensamiento II

Ausencia de pensamiento II

Viene de Parte I

Desarrollar la capacidad de sumirse en mushin requiere un largo proceso. El primer paso es el de construir respuestas condicionadas para todas las técnicas. Se trata del mismo proceso que atraviesa cualquier atleta mientras domina la mecánica del deporte que practica. El segundo paso sería interiorizar las tácticas y estrategias del sistema. Para llegar a este punto, habréis pasado lo menos cinco años de completa dedicación al entrenamiento. A partir de aquí,  comienza la tarea más importante: aprender a detener vuestro diálogo interior.

El pensamiento consciente es una eterna fuente de autocharla. Desde niños, nos vemos condicionados a utilizar el lenguaje para expresarnos. Mucho antes de llegar a la adolescencia, aprendemos a transformar en palabras todos nuestros pensamientos conscientes, lo que se convierte en un constante proceso de discusión interna sobre el mundo que nos rodea y nuestros actos en él.

Para nuestras metes racionales, esas discusiones nos dan la impresión de ser harto necesarias e importantes. Aunque lo que nuestra mente consciente lucha por negar es que existe otro nivel mental que funciona mucho más directamente.

Existen multitud de disciplinas encaminadas a “apagar” el pensamiento consciente. El método más popular entre los artistas marciales “clásicos” se denominaba zazen, la forma de meditación que se utilizaba en la escuela zen Soto. Para realizar el zazen, el aspirante debe sentarse o arrodillarse, mantenerse quieto, controlar la respiración y concentrarse en vaciar la mente.

El objetivo de quienes practican el zen, es alcanzar una experiencia de iluminación espontánea mediante la detención de su proceso de pensamiento racional. Sin embargo, la mayoría de los artistas marciales no están interesados en alcanzar la iluminación. Para ellos, el mushin es un fin en sí mismo.

El zazen y los demás métodos existentes para enseñar el mushin son eficaces, aunque todos ellos cuentan con una importante desventaja: son ejercicios estáticos. Con demasiada frecuencia, los alumnos aprenden fácilmente a alcanzar el mushin mientras se encuentran practicando la meditación estacionaria, pero fracasan en conseguirlo mientras practican su arte. Lo que necesitan para desarrollar el mushin es una forma de zazen móvil y dinámico… ¿Lo adivináis? ¡Las Formas o Katas del estilo!

Y otra vez nos las volvemos a ver con las viejas normas, con esos arcaicos ejercicios de los que tantos artistas marciales modernos han huido por considerarlos inútiles y poco adaptados a la realidad. Todos los grandes maestros se entrenaron siempre haciendo uso de las Formas.

Kata es la faceta más importante del entrenamiento de un guerrero. Crea y coordina los tres elementos del ser: construye la fortaleza física y la flexibilidad, afila el espíritu y desarrolla energía interna y potencia explosiva. Finalmente, utilizándolo como método dinámico de meditación, aprendemos a disciplinar la mente y alcanzar el mushin.

Concluirá la próxima semana…

 

 

Ausencia de pensamiento I

Ausencia de pensamiento I

Si existiera un solo rasgo característico de los maestros “clásicos”, sería la capacidad de introducirse en el mushin o “mente sin pensar”. Este estado mental constituye el origen principal de las rápidas reacciones del guerrero tradicional, de su percepción extrasensorial y de su acertada calma.

Aunque sus efectos den la impresión de ser místicos, el mushin es en realidad un concepto sumamente simple: no pensar. En fin, puede que suene a simple, pero desgraciadamente constituye una de esas ideas mucho más fáciles de comprender que de poner en práctica y, si no, intedtadlo. Dejad a un lado este artículo y comprobad durante cuáto tiempo sois capaces de detener vuestros pensamientos.

El pensar interfiere en el combate. Por muy descabellado que parezca, pensar molesta. Está claro que todos tenemos que pensar para aprender. Necesitamos interiorizar la forma, mediante la repetición contínua y su comprensión mental. Sin embargo, llega un momento en que pensar interfiere en nuestra capacidad de llevar a cabo la técnica, y hace más lento nuestro tiempo de reacción.

Imaginad durante un momento el proceso que se desarrolla cuando un alumno que piensa tiene que actuar frente a una patada. El adversario inicia la patada, y los ojos del alumno ven el movimiento. Al tiempo que sus ojos reunen esa información, su mente se debate para interpretar lo que ve y elegir la respuesta adecuada con la que emitir la orden a su cuerpo. Este acto no sólo implica una interpretación consciente de las señales sensoriales, sino, además, un proceso decisorio. Como resultado, el alumno, con toda probabilidad, no logrará la acción adecuada para detener la patada… Demasiado lento¡¡

Su actuación será todavía peor si su mente se encuentra en otra línea de pensamiento, por ejemplo previendo un ataque diferente, o planificando uno propio…

Imaginaos ahora al mismo alumno en mushin. El adversario lanza su ataque, pero en lugar de esperar a que su mente medite la situación, el cuerpo de nuestro alumno se mueve de forma espontánea, no sólo para defenderse contra el ataque, sino para interceptarlo y contraatacar también. Un movimiento suave y fluido. Nada de pensar. Solo acción.

El mushin es algo más dificil de describir. La respuesta condicionada representa un papel importantísimo en su desarrollo, aunque eso no significa que uno deba convertirse en un autómata que reacciona en  ausencia de voluntad própia. Por el contrario, un guerrero en mushin se encuentra en perfecto control de sus actos. Carente de todo parloteo mental que la mayoría de gente tiene que sufrir, siente con toda libertad como su adeversario prepara un ataque antes de que se mueva. Acto seguido, asimila la situación táctica y reacciona. Todo sin pensar. Se podría definir como “otro nivel mental”.

Próxima semana, Parte Segunda…

Artes… Marciales?

Artes… Marciales?

El término Arte Marcial se emplea en la actualidad de forma muy genérica para describir cualquier forma de lucha, en particular las de origen asiático. Aunque es un convencionalismo aceptado, su uso no es el más apropiado.

Dependiendo de la época y la cultura, los sistemas civiles y militares pre modernos exhibieron diferencias no sólo en su ámbito de aplicación, sino también en sus técnicas, tácticas, armas y secuencias de entrenamiento. El antiguo practicante de los sistemas de Okinawa, se pasaba horas perfeccionando su puñetazo sobre un makiwara. debía fortalecer sus nudillos para conseguir un golpe más eficaz, y con la practica no sólo cumplía con dicho objetivo, también desarrollaba una respuesta biomecánica que resultaba crucial para la adecuada ejecución de la técnica en medio de la estresante atmósfera del combate.

Entrenaba para luchar contra un oponente que reconociera las mismas reglas que él, normas según las cuales las técnicas a mano vacía resultaban absolutamente adecuadas y aceptables para las costumbres de sus sociedad, en la que resultaba muy habitual que surgiesen enfrentamientos no armados en los sectores civiles.

A diferencia del guerrero de Okinawa, el samurai japonés perfeccionaba sus aptitudes con la espada sencillamente porque disponía de un arma; además, resultaba muy improbable que un guerrero de sus características se involucrase en una disputa no armada.

Rememorando toda una vida dedicada al estudio del kárate, el prestigioso maestro Shoshin Nagamine relató la experiencia de entrenar con Choki Motobu, cuya filosofía sobre el entrenamiento de las formas del kárate de Okinawa era la siguiente: “En sus últimos años, Motobu me dijo que las aplicaciones de los katas son limitadas y que debemos comprenderlo. Las técnicas de los katas jamás fueron creadas con la intención de ser utilizadas contra un luchador profesional, ni tampoco en un estadio o un campo de batalla”

Del mismo modo, Donn Draeger, al referirse a las diferencias entre los sistemas civiles y militares, afirmó que: ” Muchos de los sistemas del hombre corriente son básicamente métodos sin armas que permiten enfrentarse a un adversario, también desarmado”. En efecto, el propósito de este tipo de sistemas no era su aplicación en el campo de batalla, sino la protección de la vida cotidiana, durante el cual el practicante civil solía enfrentarse a hombres que intentaban hacerle daño.

En distintas épocas, y en el entorno de ciertas culturas, la distinción entre artes de lucha civiles y militares no queda tan clara. En la Inglaterra del siglo XVI, ambos métodos solían complementarse, y las artes de lucha marciales/civiles eran practicadas por un sector muy amplio de la población.

Muchos ingleses de la época, tanto pertenecientes a la clase aristocrática como ciudadanos comunes, portaban armas. En realidad, el hecho de que el hombre corriente pudiese disponer de amas, le había permitido hacer valer sus derechos sociales y democráticos, ya que el gobierno británico temía el estallido de una rebelión armada. Y en tales circunstancias, aprovechando que la población en general se encontraba bien entrenada en el uso de armas, cuando el ejército necesitaba personal para la batalla, recurrían al pueblo. En este caso, a pesar de que las artes de lucha practicadas prevalecían en el ámbito civil, se encontraban sólo a un paso de ser aplicadas en el campo de batalla.

Cada situación ha producido sistemas eficaces de combate personal, pero ¿forman parte todos ellos de las artes marciales?. Donn Draeger opinaba a respecto: “ A menos que un sistema hubiese sido creado por guerreros profesionales para hacer uso del mismo en la guerra, no sería un arte marcial. Los sistemas desarrollados en los templos o por particulares podían ser formas eficientes de combate, pero su dependencia y, en muchos casos, preferencia por técnicas en que no se utilizaba arma alguna, los hacía poco prácticos para los campos de batalla“. Draeger optó por clasificarlos como Artes Civiles. Si un arte no era desarrollado para ser aplicado militarmente, no era marcial.

Otro punto a tener en cuenta es que muchas de las artes marciales “de guerra”, además del uso de armas, iban acompañadas de la enseñanza de otras aptitudes militares, tales como la equitación, la natación, el arte de la fortificación y la estrategia, además del combate sin armas.

Quizás esta división peque de simplista, pues aunque la lógica nos dice lo absurdo que sería atacar a un rival armado a mano descubierta, lo cierto es que muchas de las artes consideradas”civiles”, se enseñaban y se siguen enseñando en las academias militares como complemento al uso de armas.

De la misma forma, aquellas artes desarrolladas en templos o por monjes, fueron utilizadas por milicias de manera muy frecuente, pues a menudo estos eran focos de insurgencia política y objetivos militares.

El debate continua abierto…

Sintoísmo: La Senda del Kami (Parte 2ª)

Sintoísmo: La Senda del Kami (Parte 2ª)

Viene de Parte 1ª

En nuestros días, los japoneses siguen rindiendo culto a los kami como espíritu, aunque no en el sentido en que los occidentales se imaginan al oír la palabra. Para el japonés actual, un kami consiste en una actitud, una sensación de temor o de admiración, y se trata de un espíritu en el mismo sentido que empleamos cuando nos referimos al “espíritu del valor“, o a unos “aires de muerte“, aunque mucho más potente. Todavía consideran divinos a los kami, pero no son dioses ni fantasmas.

Dada esta vaga explicación, comprended que los japoneses vean kamis en cantidad de cosas: el mar, los montes, los árboles, los ríos y los arroyos, los antepasados e incluso objetos manufacturados, como las obras de arte y las armas. Y, entre éstas; especialmente la espada.

El sintoísmo ha ejercido una importantísima influencia en las artes marciales, aunque no tanto en su desarrollo como en la forma en que se contemplan y practican. Las artes marciales japonesas fueron creadas por guerreros profesionales; por lo tanto, su enfoque es el uso de las armas para atacar con ellas y defenderse de ellas. Para los japoneses, las armas poseen un enorme kami, por lo que el mero hecho de tenerlas en la mano constituye algo solemne, y el estudio de cómo combatir con ellas, algo casi divino.

Este espíritu puede sentirse en las salas de entrenamiento en las que se practican artes marciales japonesas, en especial en aquellas en que se enseña bugei, es decir, las más clásicas. Las salas de entrenamiento japonesas reciben el nombre de Dojo, que quiere decir “lugar de La Senda“, y el entrenarse en ellas entraña mucho más que un aprendizaje de técnicas físicas. Estudiar en un dojo tradicional conlleva una transformación espiritual que consiste más en un proceso de conversión, que en uno de aprendizaje.

Uno siente una sensación sumamente espiritual cuando visita un dojo japonés, una sensación de reverencia; no en la forma religiosa, sino en el ambiente de dignidad y en la sensación de temerosa admiración, sensación que es mantenida y proyectada por cada uno de los miembros del dojo, y que refleja la solemne postura mental que todos ellos tienen acerca del arte que practican. A eso, los japoneses lo llaman Kami.

Cada uno de los miembros de un dojo tradicional, lleva ese espíritu, ese kami al que nos referíamos, en su corazón. Pero existe en el dojo un punto focal hacia el que sus miembros muestran su respeto por los kami de su arte. Se trata del kamiza o “lugar donde se asienta el espíritu“, situado en la cabecera del dojo.

Por lo general, el kamiza consiste en una repisa colocada en la pared frontal de la sala de entrenamiento. Con frecuencia, sostiene diversos objetos de valor sentimental para los sensei, colocándose en él algunas veces algún arma antigua y apreciada. Sine embargo, en los dojo más tradicionales siempre encontrareis un pequeño jinza o templete sintoísta.

Las clases en un dojo tradicional comienzan y terminan con una ceremoniosa reverencia al jinza. Esto suele desconcertar a los occidentales, siempre tan condicionados por prohibiciones religiosas de inclinarse ante ídolos. Los miembros del dojo no se inclinan ante ningún fantasma o dios que viva en el templete; la reverencia al jinza constituye una expresión tradicional de respeto. De respeto al arte y a su fundador, a sus tradiciones y al propio dojo donde se practican. el jinza sólo sirve de punto focal hacia el que los miembros dirigen sus deferencias mutuas.

Debe quedar claro que los ritos basados en el sintoísmo que se practican en los dojo japoneses, no constituyen ceremonias religiosas, sino demostraciones de respeto hacia el kami o “espíritu del arte marcial y La Senda”.

Sintoísmo: La Senda del Kami

Sintoísmo: La Senda del Kami

” Esta tierra de las Llanuras Cubiertas de Caña y de las Frescas Matas de Arroz te ha sido confiada para que seas tú quien la gobierne. Por ello y de acuerdo con la orden divina, debes descender de los cielos”

     Del Mito de Kojiki

 

El sintoísmo constituye una religión natural y primitiva peculiar de Japón. Se trata de una fe bien antigua que viene existiendo desde épocas prehistóricas y que, durante siglos, careció de nombre. Hasta el siglo VI d.C., cuando el budismo comenzó a infiltrarse en Japón, no recibió un nombre para poder así ser diferenciada de las demás religiones. Al contrario que otras religiones orientales, al sintoísmo no se le conoce fundador ni escrituras sagradas. Trata exclusivamente de las cosas de este mundo y se concentra en la familia y en la afinidad nacional.

Las creencias sintoístas se basan en la veneración a los kami o “seres superiores“. pero la naturaleza exacta de los kami es difícil de explicar. En la antigüedad se identificaba a los kami con dioses o personas con cualidades divinas. Pero incluso el gran erudito del sintoísmo japonés del siglo XVIII, Norinaga Motoori, confesó: “Todavía no entiendo el significado del término kami“.

La historia del sintoísmo puede ser dividida en tres períodos. El primero se extiende desde la prehistoria hasta la llegada del budismo, acaecida alrededor del año 550 dC. Durante esta época, el sintoísmo existía sin templos ni santuarios, y se practicaba siguiendo una tradición oral. Los kami se consideraban dioses, y fue evolucionando una teología, según la cual al emperador se le consideraba descendiente directo de la diosa sol, enviado a la tierra para gobernar el país.

Esta creencia persistió hasta 1946, cuando el Gobernador General de las fuerzas de ocupación de los Estados Unidos, Douglas McArthur, obligó al emperador Hiro Hito a renunciar a ella de forma expresa.

El segundo período cubre desde el siglo VI, cuando los cada vez más frecuentes e intensos contactos con chinos y coreanos, aportaron influencias budistas y confucionistas a la sociedad japonesa, hasta el final del Shogunato Tokugawa, en 1868.

Al comienzo de este período, los japoneses empezaron a venerar a sus antepasados como kami. Es posible que esta idea se hubiese originado en el confucianismo religioso, cuyo culto a los antepasados se mostraba bastante de acuerdo con la mitología sintoísta. Los japoneses abrazaron sin grandes aspavientos la idea del antepasado kami, considerándolo como la imagen del espíritu vital de sus familias, y por lo tanto, sempiterno.

En el decurso del segundo período, el budismo y el sintoísmo tuvieron una enorme influencia mutua. Siguiendo el ejemplo del budismo, el sintoísmo se fue haciendo cada vez más convencional, utilizando un clero oficial y erigiendo miles de templos por todo el país. Por otro lado, el budismo fue objeto de un asalto por parte del misticismo sintoísta, que tuvo como consecuencia la proliferación de numerosas sectas que profesaban extrañas mezclas de ambas creencias. Muchas de estas sectas se establecieron en lejanas regiones montañosas y constituyeron la considerable fuente de problemas yamabushi que ya hemos citado en anteriores artículos.

Sin embargo, el sintoísmo y el budismo nunca fueron totalmente compatibles; el primero se refería a este mundo, y el segundo, a cómo escaparse de él, por lo que el budismo nunca llegó a absorber por completo al sintoísmo, como había hecho con otras doctrinas, y se estabilizó como una expresión diferente de la cultura japonesa.

El tercer período comenzó en 1868, con la caída de Tokugawa, último shogún, y con la restauración nominal en el poder del emperador Meiji. Japón, siempre dependiente de la tecnología superior de las potencias occidentales, luchaba desesperadamente por alcanzar la igualdad militar, y así reavivar el orgullo nacional. El gobierno Meiji buscaba un punto central alrededor del cual se reuniese el espíritu nacional, y lo encontró en el sintoísmo.

La Constitución de 1889 declaraba el sintoísmo religión oficial, lo que hizo que el gobierno adoptase reformas de gran agresividad, y pusiese el énfasis en la divinidad del emperador, nombrándolo jefe religioso. Sin embargo, el sintoísmo no era sino una doctrina laica que consistía principalmente en rituales patrióticos celebrados en templos mantenidos por el estado y dedicados a algún héroe local o acontecimiento histórico. El sintoísmo religioso coexistía con el dogma dependiente del estado, y la veneración por los antepasados en santuarios domésticos continuaba existiendo, aunque sólo los lugares de culto estatales y las ceremonias patrióticas recibiesen subvenciones del estado. Este dogma estatal murió con el repudio imperial que tuvo lugar en enero de 1946.

Continuará…

Budismo: Prosecución del Camino de Las Ocho Vías (Parte 4ª y final)

Budismo: Prosecución del Camino de Las Ocho Vías (Parte 4ª y final)

Viene de PARTE 3ª

La historia del budismo en Japón no fue mucho más apacible. Casi desde el principio, la gran mayoría de las sectas se convirtieron en propietarias de grandes latifundios, y sus líderes se vieron involucrados en intrigas políticas, situación que, con frecuencia, se tradujo en conflictos abiertos entre el clero militante y los samurai locales.

Sin embargo, a medida que fue transcurriendo el tiempo, fueron los monasterios de orientación mística, situados en las elevadas montañas, y sus yamabushi (guerreros de la montaña), los que constituyeron la amenaza más seria para las autoridades militares.

Incluso a pesar de que la clase militar fue organizando y consolidando su poder cada vez más en las zonas habitadas, los lejanos monasterios budistas iban reclutando un número siempre creciente de seguidores, entrenándolos en las artes de la estrategia y el combate.

hacia el siglo XI, estos seguidores se habían convertido en una auténtica amenaza para el gobierno militar de Japón, requiriéndose más de cuatrocientos años de casi incesantes guerras para que los yamabushi fueran finalmente eliminados como competencia seria para el poder político. Hasta que, a finales del siglo XVI, Oda Nobunaga arrasó de forma sistemática sus templos y exterminó brutalmente a millares de sacerdotes, no comenzó a descender la marea del poder clerical budista.

A pesar de que, con gran frecuencia, los samurai y el clero se encontraban en bandos opuestos, el budismo tuvo una gran trascendencia en las artes marciales practicadas por guerreros profesionales. La habilidad combativa de los monjes era impresionante, y rara vez los samurai dudaban en someter a estudio y poner en práctica algo que funcionase bien en combate. Durante las épocas de paz, era corriente que los guerreros se retirasen a monasterios tanto para descansar como para someterse a una renovación espiritual. Una vez allí, estudiaban a menudo estrategia y sistemas de lucha enseñados por maestros budistas. Además, el guerrero, en el budismo (especialmente en el Zen), encontró una fuerza de voluntad que le era útil tanto para tiempos de guerra como de paz.

El zen hizo su aparición en Japón en el año 1215 d,C. después de que Eisai, monje budista de la secta mahayana, visitara China y alcanzase la iluminación estudiando con un maestro de Ch´an. Ya de vuelta a Japón, Eisai fundó Rinzai, la secta zen basada en lograr el satori, iluminación espontánea que se obtenía concentrándose en un koen, especie de acertijo sin respuesta lógica.

En 1253, un monje llamado Dogen fundó la secta Soto, segunda en importancia. Dogen era alumno de Eisai, pero rechazó el uso de los koen, prefiriendo sencillamente meditar en zazen, disciplina en la que el alumno intenta vaciar su mente de pensamientos conscientes y meditar sin idea ni objetivo especial hasta que alcanza el satori.

Otras sectas budistas pueden haber representado papeles más preponderantes en la formación de las artes marciales “clásicas”, pero el zen era la disciplina que más importancia tenía a los ojos de los samurai para refinar su espíritu marcial. El zen enseñaba al samurai a entrar en combate en mushin (mente sin pensar), libre de las distracciones del pensamiento racional. Además, y como señala el historiador especialista en artes marciales Donn Draeger, tambien “le enseñaba a tener confianza en sí mismo, a negarse a sí mismo y , sobre todo, a tener una idea fija hasta el supremo grado de que ningún lazo (material, emocional, espiritual o intelectual) lo desviara de su papel de combatir por la causa a la que se había consagrado”.

En conclusión, el budismo y, en especial, sus sectas meditativas, tuvieron una extraordinaria importancia en la historia de las artes marciales, pero también es importante que los actuales alumnos no confundan el estudio de las artes marciales con la práctica del budismo. Algunas artes tuvieron sus orígenes en templos, y el desarrollo del budismo tuvo gran influencia en otras, pero los motivos que los monjes budistas tenían para estudiar y entrenar sistemas de lucha eran militares y políticos, no religiosos. Las artes marciales en su estado puro son sistemas de hacer la guerra, ¡a pesar de que se enseñen en templos y sean practicadas por sacerdotes!

 

Budismo: Prosecución del Camino de las Ocho Vías (Parte 3ª)

Budismo: Prosecución del Camino de las Ocho Vías (Parte 3ª)

Viene de Parte 2ª

Aunque procedente del mahayana, el budismo meditativo constituye, en muchos aspectos, el retorno a las enseñanzas originales de Gautama. En vez de hacer hincapié en el rito y el culto, estos grupos volvieron a insistir en que el hombre se volviese hacia su interior para hallar, mediante la meditación, su propia iluminación. Las sectas meditativas recibieron el nombre de Dhyana, en la India; Ch´an, en China, y Zen en Japón.

La secta Ch´an fue fundada en las postrimerías del Siglo V., o a principios del VI, cuando el monje indio Bodhidharma fue a China para predicar el budismo Dhyana. Muchas cosas de las que se cuentan de Bodhidharma son puro folclore, aunque según una historia, llegó a China por primera vez en el año 480 d.C. Invitado por el emperador, a quien dijo que todos los estudios, oraciones y buenas obras que había realizado por consejo de otros sacerdotes mahayanas no le aportarían iluminación alguna. La única respuesta se hallaba en la meditación.

Tras haber acabado en Cantón, parece ser que Bodhidharma se retiró a una cueva, en la que permaneció meditando durante nueve años antes de retirarse al templo de Shaolin, en Hunan. donde, según admite la leyenda, enseño los ejercicios que, con el tiempo, evolucionaron hasta convertirse en los sistemas de lucha que hicieron a los monjes de aquel monasterio famosos a lo largo y ancho de China.

Este es el primer eslabón entre el budismo y las artes marciales y, hasta cierto punto, un eslabón válido. Las Artes Marciales fueron enseñadas en miles de templos budistas, y aun continua así. la concentración y disciplina que exigen, son compatibles con el budismo meditativo.

Pero el estudio de las Artes Marciales, aunque se realice en un templo budista, no tienen nada que ver con practicar el budismo como creencia. De hecho, hasta cuando los propios monjes luchaban, lo hacían por razones ajenas por completo a los pacíficos objetivos de la iluminación personal.

El budismo tiene una historia más bien turbulenta en muchas partes de Asia, y muy en especial en China. Evolucionando como centros dedicados al estudio intelectual y a la libertad de pensamiento, los templos y monasterios budistas con frecuencia se convirtieron en lugares de reunión para quienes se oponía a las sucesivas represiones políticas en la sociedad china.

En algunos casos, los monasterios proporcionaron refugio a fugitivos políticos, aunque lo más frecuente  fuese que los propios monjes se mezclasen en intrigas políticas, sociedades secretas y todo tipo de movimientos políticos subversivos contra las autoridades gubernamentales.

En cualquiera de los casos, el crisol del desorden político fue, con toda probabilidad, el más poderoso incentivo para el desarrollo de sistemas efectivos de lucha. ¡Para combatir al gobierno, había que saber luchar!

Continuación y final, la semana próxima…

Budismo: Prosecución del Camino de las Ocho Vías (Parte 2ª)

Budismo: Prosecución del Camino de las Ocho Vías (Parte 2ª)

Viene de Parte 1ª

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El budismo theravada es el más cercano a las enseñanzas de Gautama. Sus principios insisten en que sus seguidores deben trabajarse su propia salvación, sin apoyo de los dioses. Por ello, los adeptos al theravada es probable que se afeiten la cabeza, vistan gruesas túnicas amarillas y se hagan monjes, al igual que los discípulos de Gautama. Sin embargo, a mucha gente nunca le ha agradado tal estilo de vida, por lo que el budismo theravada ha sido siempre minoritario comparado con los más populares grupos del mahayana.

El budismo mahayana se fue desarrollando partiendo de varios cambios radicales que sus seguidores imprimieron a la doctrina básica de Gautama. En primer lugar, decían que, de forma secreta, Gautama había ilustrado con muchos más principios a sus discípulos más próximos que al resto de seguidores.

El hecho de que los dirigentes del mahayana pretendieran ser los transmisores del legado de los seguidores favoritos de Buda, abrió de par en par las puertas a la introducción de nuevos principios doctrinales. Además, fue tomando forma la creencia de que Gautama no era simplemente un hombre, sino un ser compasivo y divino que vino a la tierra para ayudar a la humanidad y, lo que es más, afirmaron que Gautama no era el único Buda. Debieron existir otros antes y después que él, y tenían que venir muchos más. Al ser divinos, todos esos Budas debían ser adorados y venerados. Finalmente, introdujeron el concepto de bodhisattva o “ser iluminado“.

El bodhisattva era el camino por el que la gente corriente podía convertirse en una deidad secundaria. Funcionaba así: en un momento cualquiera de su vida, el aspirante podía hacer el voto de convertirse en bodhisattva. Si, a partir de ese momento, llevaba una vida ejemplar, el aspirante iba haciendo méritos. Cuando moría, no podía entrar en el Nirvana, sino que se quedaba el alguna morada celestial respondiendo a las oraciones de los vivos.

Sin embargo, en la práctica, fueron muchos más los personajes que transformaron en bodhisattvas que los que decidieron hacerlo. A medida que el budismo se iba extendiendo, fue absorbiendo poco a poco a muchos dioses procedentes de cultos populares locales que, en muchos casos, fueron ocupando su lugar como bodhisattvas. Los héroes locales, así como muchas personas famosas, se convirtieron a menudo en bodhisattvas, a veces, muchos siglos después de sus muertes.

De nuevo, nos encontramos con un sistema que fue fundado como doctrina laica, pero que se transformó en un método de culto por sus posteriores seguidores. En el caso del budismo, nació de una religión ritual que se desarrolló por separado como disciplina mental no religiosa y que, siglos más tarde, volvió a su estado original religioso.

Además, de modo significativo para historiadores y artistas marciales, fue el budismo mahayana el que echó raíces en China y desde ahí se fue extendiendo por el resto de Asia.

Los historiadores creen que el budismo theravada fue el primero en llegar a China a principios del siglo I dC., aunque fue el budismo mahayana, más tardío en el mismo siglo, el que cuajó. Para entonces, el mahayana era un credo místico y ritual con una multitud de budas y bodhisattvas. Esta versión del budismo indio daba la impresión de ser sumamente china, tanto, de hecho, que los intelectuales taoístas lo menospreciaron porque lo tomaron como una versión inferior del taoísmo.

El budismo y el taoísmo cuentan con enormes similitudes. Ambos, en sus formas originales, eran doctrinas introspectivas y místicas destinadas a ayudar al hombre a encontrar su verdadera naturaleza. Cada una de ellas proponía que la humanidad hallaría sus respuestas volviéndose hacía adentro en lugar de intentando buscar conocimientos externos.

La reencarnación era un concepto nuevo para los chinos, aunque los taoístas considerasen la iluminación budista como, sencillamente, otra expresión de armonización con el Tao. Además, con todos sus dioses y ritos, el budismo mahayana era casi una imagen especular del taoísmo religioso.

De esta forma, las dos doctrinas se fusionaron como si de un matrimonio consumado se tratase. Con el decurso del tiempo, el budismo absorbió el taoísmo religioso y adoptó a muchos de sus dioses como budas y bodhisattvas. Nuevas sectas, claramente chinas, brotaron y se extendieron junto a la cultura china por toda Asia, llegando a Corea en el siglo VI, y a Japón a lo largo de varios siglos después.

Las más importantes de estas sectas, al menos para quienes practicaban las artes marciales, fueron las “intuitivas” o “meditativas”

Continuará…

Budismo: Prosecución del Camino de las Ocho Vías (Parte 1ª)

Budismo: Prosecución del Camino de las Ocho Vías (Parte 1ª)

” Y en ésta, monjes, consiste la noble verdad del camino que conduce al cese del dolor, el noble camino de las ocho vías: punto de vista correctos, intenciones correctas, palabras correctas, actos correctos, vida correcta, esfuerzo correcto, atención hacia los demás correcta y concentración correcta”                           Sermón de Pali, Gautama.

 

El budismo tuvo sus inicios en la India en el siglo VI a.C. como resultado de una antigua forma de hinduismo ortodoxo denominado brahmanismo. La doctrina brahmánica sostenía que antes de que un alma pudiese entrar en el Nirvana (eterna beatitud), tenía que atravesar un proceso de purificación y de gran perfeccionamiento. Este proceso tenía lugar a lo largo de múltiples reencarnaciones, durante las que la persona iba consiguiendo niveles cada vez más elevados de excelencia moral. Al final, tras miles de reencarnaciones, el alma era santificada y conseguía el acceso al Nirvana.

La religión brahmánica, como posteriormente el hinduismo, adoraba a todo un panteón de dioses. Se trataba de una fe ritualista, que ofrecía sacrificios y dones como medio por el que las alamas se iban purificando. El budismo nació cuando un joven príncipe, Siddharta Gautama, encontró la iluminación espiritual y la escapatoria de los ciclos de la reencarnación mientras meditaba a la sombra de una higuera.

Gautama se crió como un opulento brahmán, y disfrutó de todos los placeres sensuales que el dinero le podía proporcionar. Sin embargo, mientras vivía entregado a su lujo, comenzó a descubrir la vanidad de la gratificación física. Vio a los pobres, a los enfermos y a los ancianos, y se dio cuenta de que toda la riqueza y todos los placeres terrenales eran transitorios. Al fin, sólo existe el sufrimiento. Por todo ello, Gautama, a los veintinueve años de edad, abandonó su riqueza y sus comodidades para introducirse en el mundo como mendigo, con el fin de encontrar respuestas a las miserias de la vida.

Según mantienen los budistas, Gautama erró por toda la India en busca de la clave para liberarse de los dolores que proporciona la vida. La muerte no era la respuesta, porque conducía solo a otra reencarnación, y por lo tanto a más dolores. Durante cierto tiempo estudió filosofía con un gurú, pero tampoco en él halló la respuesta. Después se unió a un grupo de monjes ascetas, y durante cinco años, se sometió a un riguroso ayuno, así como a todo tipo imaginable de privaciones.

Por fin, le llegó el momento crucial un día en que, debido a su estado de debilidad, se desmayó y se cayo a un río. el agua fresca lo reanimó, y se dio cuenta de que aunque había vivido una vida ascética hasta un grado extremo, todavía no había encontrado lo que buscaba. Así que se rehízo, comió en una posada cercana y se sentó debajo de una higuera decidido a meditar hasta que le llegase la iluminación.

Tras meditar durante cuarenta y nueve días, Gautama alcanzó esa iluminación. Tuvo, durante su meditación, una visión en la que descubrió que el hombre está encadenado, a causa del deseo, a ese ciclo interminable de reencarnación y dolor. Todos los sufrimientos son consecuencia de deseos no logrados. El propio Gautama había deseado con todas sus fuerzas la salvación, buscándola, en su fervor, a través del conocimiento y del ascetismo, aunque jamás la había encontrado. Sin embargo, al cesar el deseo, halló la iluminación, y por lo tanto, la salvación.

Lograda la iluminación, Gautama, que a la sazón tenía ya treinta y cinco años, se levantó y comenzó a predicar. Pasó el resto de sus ochenta años de vida enseñando a sus discípulos sus cuatro verdades sagradas: la primera, el dolor; la segunda, el deber de acallar el deseo de vivir, alimentado por percepciones y sensaciones; tercera, el cese del dolor, resultado de la falta de deseos, que conduce al hombre al Nirvana, para concluir allí el ciclo de reencarnaciones; y, para terminar, la cuerta, que no es sino la forma de alcanzar el Nirvana, consistente en seguir el Camino de las Ocho Vías o sistema de meditación diseñados para dominar el ego y el deseo de vivir.

Al llegar a este punto, es necesario insistir en la naturaleza radical de la doctrina de Gautama. Se había educado como brahmán en una sociedad supersticiosa y politeísta. Sin embargo, el budismo, tal y como lo enseño Gautama, suponía una drástica ruptura con la tradición india. No se trataba de una religión, sino de un programa de entrenamiento espiritual, un sistema de disciplina y autodesarrollo místico.

Gautama no creía en los dioses. Era ateo o, al menos, agnóstico. Por lo tanto, en ningún punto de su doctrina prescribe ninguna forma de ritual ni de culto. Creía en que era el hombre el que debía lograr su propia salvación en vez de apoyarse en dioses que lo ayudaran. Por extraño que parezca, Gautama no creía ni en la existencia del alma. Decía que la gente vivía en un estado de anatman (carencia de alma) y que lo que nosotros llamamos alma, no es sino una combinación de cinco añadidos físicos: el cuerpo, las sensaciones, la comprensión, la voluntad y la consciencia. De modo y manera que de nuevo nos encontramos con una doctrina asiática que comenzó como algo muy diferente a una religión.

En vida de Gautama, el budismo carecía de templos, de escritos y de ritos. Todo cambió, sin embargo, con su muerte. Casi de inmediato, sus seguidores comenzaron a mostrarse en desacuerdo sobre la interpretación de sus enseñanzas, que les llegaron de manera oral a lo largo de sus viajes. Durante los siguientes siglos, brotaron centenares de sectas budistas, aunque la mayoría de ellas pueden ser divididas en dos campos opuestos: Theravada o “Tradición de los Mayores” y Mahayana o “Gran Vehículo”.

Continuará…

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